El último tesoro que nos queda

Escrito por Miguel Costábile Noviembre - 26 - 2009

Pandora fue la primera mujer (llena de virtudes) creada por Zeus. Éste, se la entregó a Epimeteo que se quedó enamorado de ella y la tomó como esposa sin escuchar a Proeteo, su hermano, quien le previno sobre aceptar los regalos del dios del trueno. Hermes le entregó a Pandora una caja que no debía abrir nunca, pero ella, curiosa, la abrió, dejando escapar todas las desgracias humanas y cuando quiso tapar la caja, sólo quedó… la esperanza

Pandora

Pandora

Este año 2009 arrancó plagado de dudas e interrogantes. El mundo afrontó la primera Gran Crisis del siglo. Y aunque los medios ya no tratan el tema como hace unos meses, los países del “primer mundo” siguen a la expectativa. Las empresas más importantes del mundo (Ford, Chrysler y General Motors, en el campo automotriz, e IBM, Sony, HP y Microsoft en tecnología) han realizado miles de despidos. En nuestro país empresas como Arcor y Renault encabezan las suspensiones, una medida que no aumentó la tasa de desocupados, para la tranquilidad del gobierno, pero sí el temor entre los trabajadores. La producción automotriz bajó, sólo en Capital Federal, un 54% y la actividad inmobiliaria un 31,4%.

Pero que los numeritos de las bolsas del mundo hayan caído estrepitosamente, se debe a la especulación que plantean quienes manejan estos asuntos; y no a que el mundo haya estado literalmente en llamas. Pero si la crisis no fue meramente financiera, entonces, ¿de qué fue? Me atrevo a afirmar que es de carácter sociocultural, y que no es repentina, ni nacida de un repollo, sino que viene creciendo desde hace años con el individualismo que muestra el mundo hoy en día.
Pese a la extrema “importancia” que le dieron los medios, es elemental tener en claro que ninguna crisis nos determina. Enfrentar una crisis no significa el fin del mundo. Creer que el primer problema grande al que nos enfrentamos, nos va a dejar sin alternativa, es un gravísimo error.
El diccionario nos acerca a la magnitud de la palabra Crisis: Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes. Situación dificultosa o complicada. Claramente, la palabra Crisis denota cambio, un problema a superar.
Las crisis, son situaciones que las personas afrontamos a diario de diferentes formas, según nuestra forma de ser, pensar o actuar. Algunos reaccionan con miedo y temor, otros en cambio, quedan a la expectativa. Hay quienes se acercan a la fe, y quienes se acercan a la razón, (siendo una o la otra) como si estos campos fuesen enemigos mortales, los cuales no se toleran el uno al otro. Pero aquellos más peligrosos son los “extremistas” del pesimismo, quienes aseguran que vamos a la autodestrucción, que la humanidad no tiene salvación, que ya sea Dios, la naturaleza o el destino, nos castiga con desastres naturales, enfermedades, hambruna y demás formas de “venganza divina”. El problema es que están tan bien fundamentadas sus objeciones que tal vez… tengan razón. Hay motivos suficientes como para creerlo y aceptar este veredicto que se nos impuso. Sólo basta abrir un diario, ver la televisión o salir a la calle para darnos cuenta que estamos en un mundo lleno gue­rras, desigualdad, hambre, pobreza y miseria, injusticia, egoísmo, egocentrismo, corrupción, tristeza, maldad, codicia, gula, vicios, adicciones, y demás males que afrontamos todos, absolutamente todos los seres humanos. Pero la gran pregunta ante estos males es: ¿Realmente ya no queda esperanza? ¿Ya no hay salvación alguna? ¿No hay nada que hacer? ¿Nada por lo que luchar?
Yo creo que todavía hay cosas por las que seguir a­delante. Somos todos nosotros, quienes necesitamos aferrarnos a aquello que nos hace bien, lo que nos acerca a la paz, la felicidad y el equilibrio con nosotros mismos. Necesitamos, casi con urgencia, algo que nos aleje de esta especie de “pesimismo colectivo” que quiere jugar con nosotros y decirnos que ya no hay esperanza, ni nada por lo que luchar, que todo está perdido y nosotros condenados. El creer es necesario. Creer en nosotros y en los demás. Los ideales no deben morir, deben renacer. La familia, los amigos, los logros, el saber y la historia, nuestros valores, los lindos momentos, la verdad, la moral, la humildad, la ética, la solidaridad, la bondad, los sueños y el amor. Todavía hay cosas ahí. Acá. Cosas por las que tenemos que seguir adelante. Todos son cables a tierra que nos ayudan a pasar los malos momentos, sean cuales sean. Las personas que consideramos “ícono” en nuestra vida, quienes como un faro en medio de la noche, alumbran un camino y nos dan una guía de a dónde ir o cómo seguir. Esas son cosas a resaltar en tiempos de crisis, cosas por las cuales las crisis no son eternas y pueden (y deben) ser combatidas.

Entonces, la decisión es nuestra. Ante un hecho determinado podemos elegir: vendarnos los ojos (evitando la realidad y esta crisis), quedarnos mirando (sin hacer nada al respecto), o romper los cánones establecidos y hacerle frente a la situación, buscando soluciones y respuestas para seguir adelante. Todos pasamos y pasaremos por crisis, individuales o colectivas, más largas o más cortas, más grandes o más chicas, pero para eso está la esperanza, para recordarnos que es posible. Que se puede seguir. Que no tenemos que conformarnos. Que hay que pelear. Es por esto que tenemos que agradecerle a Pandora, ya que resguardó aquello que frente a lo imposible se hace infinito y nunca muere. Aquel último tesoro. La esperanza.

La varita mágica

Escrito por Ezequiel Santiago Rodriguez Julio - 6 - 2009

La varita mágica

En estos últimos tiempos en los cuales han emergido con más fuerza diversas problemáticas sociales (drogadicción, alcoholismo, delincuencia), el pueblo en su conjunto viene planteando las posibles soluciones que en mi opinión, son paradigmáticas. Desde toque de queda, pasando por la pena de muerte (un fantasma que cíclicamente acecha la mente de nuestra sociedad) hasta la más demandada: la educación.

La primera de las opciones es el toque de queda (que ya se ha comenzado a aplicar en Córdoba) que “sirve” para limitar la presencia nocturna de menores de 16 años en las calles y en los boliches sin sus padres, desde las 21 o desde las 24, según los días de la semana. Esta medida podría ser útil a corto plazo ya que los jóvenes estarían más “controlados”, pero ¿controlados por quién? Por el Estado, por una reglamentación, por una norma, que regule las actividades de los jóvenes. De aquí surge otra pregunta ¿es el Estado el que realmente debe controlar, contener, cuidar a los jóvenes? La respuesta es, según mi experiencia, no esta tarea corresponde primeramente a la familia, el problema actual no es una anomia sino la falta del vínculo familiar. Esto se traduce en padres sin una educación acabada, sin trabajo, con problemas maritales agudos o de adicciones. Lo que lleva a una falta de valoración por la vida del hijo, por su cuidado, por su salud (psíquica y física), por sus necesidades humanas “tanto biológicas como morales”. Dichos factores llevan a una falta de valoración del joven por sí mismo ya que uno no puede amar ni amarse si no es amado antes.

¿Por qué corresponde a la familia primero? Porque ésta es más antigua que el Estado mismo, es la forma más natural de socialización del individuo. La familia es el primer lugar donde la persona establece vínculos sociales. Es de absoluta necesidad que tenga unos derechos y unos deberes propios totalmente independientes de la potestad civil. Pues si los ciudadanos y si las familias encontraran en los poderes públicos estorbos en vez de ayuda, y una paulatina destrucción de sus derechos en vez de salvaguarda de los mismos; la sociedad sería, más que deseable, digna de repulsión. Leer el resto de la entrada »

Nada Grave

Escrito por Germán Gallo Diciembre - 11 - 2008

Ángel González

Ángel González


Las palabras de una poesía profunda, directa, chocante, e inmensurablemente febril dentro del alma, pueden encontrarse en su equilibrio perfecto tras la mirada -hoy ausente- del poeta español Ángel González. Ya que con total valentía de su parte tocó todos los temas que muerde la realidad del hombre: el amor, la muerte, la soledad, la desesperación, la pasión, la verdad e incluso la política. Es que la dureza que le presentó la vida a los 19 años de edad, dejándolo internado en una cama de hospital con tuberculosis, fue lo mismo que lo llevó a que a lo largo de su crecimiento comenzara a figurar con versos aquello que de otra forma no puede decirse.

“Me duele sólo el alma / nada grave” escribiría pocos meses antes de morir en el presente año, en una serie de poemas que el jamás quiso publicar, y que sin embargo hoy podemos leer. Lo asombroso no es la forma en la que el poeta supera los escalones, muros y adversidades que se le cruzan en el camino: muertes de seres amados, enfermedades e injusticias, sino que ante todo esto, él siempre encontró reposo y alivio en las palabras. Las tomó como si cada una de las letras que escribía con toda la sinceridad posible le regalaran un segundo más de vida, con la fidelidad poética de un hombre a una mujer (“…y los ojos, qué importa que no sean estos ojos, te seguirán a donde vayas, fieles”).
Estamos acostumbrados a evitar situaciones incómodas, a desviar la mirada hacia el lugar en que haya un poco más de luz-pero tampoco demasiada-sino la justa para que nuestros ojos no se sientan sobrecargados ni necesitados. El camino fácil, casi sin curvas, ni subidas, ni bajadas: el llano. Es cierto que disfrutamos por ejemplo de ver un amanecer en la orilla del mar, pero en la mayoría de casos nos sentimos ajenos a esto como si fuésemos meros espectadores de un show cósmico y no protagonistas de un momento exclusivo y único, de un segundo que puede perdurar eternamente como lo hacen las palabras en las manos de González.
La mayor dificultad es levantarse, dar el primer paso y tomar el impulso. Muchas veces, resultando casi irónico, los golpes más fuertes y dolorosos son los que otorgan este impulso. Esos que nos hacen creer que el mundo está terminado (“Esperanza, araña negra del atardecer…”) y que ya no se puede nada más. Siempre depende de nosotros, quedarnos sentados, llenos de moretones, y dormidos tras tantos golpes. Es total y absoluta culpa nuestra, la queja sin sentido es la más frecuente y baja actitud que tenemos los seres humanos. Pero en cada una de las personas hay algo que lo cautiva, siempre y cuando esté dispuesto a verlo (muchos prefieren conformarse con la ceguera), hay ciertas cosas frente a las cuales no pueden quedar pasivos. Ángel González lo encontró en las palabras y mediante su poesía dejó un legado del cual podemos tomar mucho para no quedarnos pasivos nosotros.

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“No hay un instante que no esté cargado como un arma” Escribía Borges. Con la revista Leviatán, pretendemos decir que no hay ni una sóla palabra, ni una sóla circunstancia, y ni un sólo instante en la vida; que si se lo busca con profundidad, esté cargado con Verdad. O con preguntas. Al fin y al cabo, cada pregunta verdadera, implica una Verdad; y no existe Verdad alguna que no nos genere preguntas. La revista está a la espera notas y críticas de cualquiera que desee participar para seguir alimentando al monstruo.

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