¿Por qué escribir sobre un hecho que ya pasó? Y encima, hace casi ya 6 meses…
Todos sabemos lo que ha ocurrido en Haití y en Chile: dos terremotos en estos respectivos países que además de dejar una cantidad enorme de muertes (en Haití, mucho más que en Chile), dejaron una ciudad o más de una, completamente destruida.
Las noticias de Haití y de Chile estuvieron en boca de todos por no más de 15 días una vez transcurrido las catástrofes. Pero todavía queda la segunda parte de este hecho: la reconstrucción de un país. ¿Por qué hoy no se escucha nada sobre Chile y Haití? ¿Alcanza sólo quedarse con el impacto del terremoto?
¿Qué puede volver a sacar a flote un país después de algo así? ¿Una asociación política? ¿Un plan económico?
En este tipo de situaciones, lo normal es esperar una especie de figura que saque a todos de esta situación y que uno se quede cómodo y tranquilo. Pero esto es irreal. La construcción de un país sólo es posible si existe un pueblo que se conmueve y se mueve por lo que sucede.
Entonces, ¿Quiénes son los verdaderos protagonistas que llevan adelante esta reconstrucción?
Tenemos la suerte de que la revista llegue a varios sitios del mundo y entre ellos llegó a Chile, por lo que pudimos conocer a dos personas que ante nuestra inquietud accedieron a contarnos su experiencia, totalmente real, en comparación con lo que los noticieros o nuestra propios pensamientos pueden imaginar.
El primer testimonio es de Ornella Gelfi, lectora de Leviatán en Chile y al pedirle que nos cuente su experiencia, aceptó inmediatamente.
“Yo vivo en un piso 15 y al moverse todo me sentí como deben sentirse las migas de pan arriba de un mantel cuando sales a sacudirlo. Pero ni mis padres ni amigos sufrieron daños para lamentar. Otros sí.”
“Entonces el ‘pueblo’, como lo preguntas, se movió como está acostumbrado a hacer: tratando de ayudar a otro. Desde los carabineros (se sabe de uno que recorrió toda una playa dando aviso de alerta y consiguió salvar a un pueblo que subió a las colinas justo minutos antes del tsunami), a los empresarios que colocaron a disposición ’supermercados de emergencia’ para que las personas pudieran ir a comprar lo más necesario, de los alcaldes (uno en la localidad de Angol perdió a su hijo en el terremoto y luego de una ceremonia sencilla, siguió trabajando para el resto de su pueblo), a los artistas (Fernando Ubiergo, un cantautor chileno salió a recorrer 450 Km. de costa para cantar en las plazas, para devolver algo de confianza a las personas que no se atrevían a salir de sus casas..).”
“He sabido de dos chicas que perdieron a sus padres y el tío que vive en Santiago, se las trajo para su casa y las sumó a su familia. Cuando me enteré, le pregunté si precisaba ayuda, conciente de que el trabajo que tiene le daba justo para sus gastos, me dijo firme: ‘no’ hay otros que están peor que nosotros’. Esta respuesta fue una de las más oídas.”
“¿Qué se aprendió en general? No sé decirte si hubo una enseñanza para todos: recuerdo que la primera gran preocupación fue conseguir que comenzaran las clases y se cumplieron esfuerzos enormes para usar lo que fuera para habilitar colegios. Un signo que permite hasta ahora que los niños puedan ir a clases, los padres intentar trabajar y la vida volver a caminar.”
“¿Qué aprendí y sigo aprendiendo yo? Que un terremoto es la posibilidad para ver que la vida es un regalo.”
El segundo testimonio, lo facilitó Eduardo Fredes, que participa en una organización que se llama Compañía de las Obras (CdO), y cuyos miembros, en conjunto hicieron un manifiesto sobre lo ocurrido, empezando con esta pregunta: Después de la catástrofe, ¿Qué es lo que queda? ¿El miedo o la esperanza?
“Impacta, aún más que las imágenes del cataclismo, encontrar en el corazón de Concepción, a 2 minutos de la “zona cero”, en la Casa Betania, cita obligada para las donaciones, a una mujer de Nueva Imperial que junto a jóvenes amigos de su comunidad, se ha trasladado para hacer miles de kilos de pan para tantos damnificados hambrientos. O bien, un exportador de kiwis en Curicó, que habiendo sufrido serios daños en las oficinas de su empresa, se desplaza hacia Quinta de Tilcoco para financiar la techumbre de un hogar de menores; o bien el cura de Curepto, que después de perder a su madre y su parroquia, de inmediato se pone a socorrer a los otros; o jóvenes profesionales voluntarios, que ayudan a evaluar los daños del sismo en las comunas más pobres; o los párrocos de Cauquenes, que celebran su misa al aire libre y no paran de recolectar víveres y de provocar a la gente a que despierte del sopor y del miedo.”
Todos estos hechos, y tantos otros, que no se ven en la televisión, documentan que no es un voluntarismo exasperado lo que vence el miedo y el desamparo, que tantas veces parece prevalecer. No es la hora de la “emergencia”, es la hora de la presencia, de afirmar lo que existe y que es lo único que te despierta del hálito de la muerte y la destrucción.”
Frente a esto queda un panorama para descubrir: ¿Por qué el ser humano responde y se mueve de esta manera? ¿Qué lo lleva a ser solidario?
















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