“La ciudad era esta incertidumbre
la eterna pregunta -quién soy-
dicho de otro modo: quién sos.”
Cristina Peri Rossi
Retomando un poco algunos hechos transcurridos en éste año, se puede ver cómo hace unos meses, La Cámara dictó penalizar a quien se encontrase pintando paredes con aerosol. Hecho que nos puso a opinar a todos, como cada vez que algo que siempre está ahí se pone en evidencia.
Llama la atención un hecho que se contrapuso y también fue noticia por esos tiempos: En Londres, dos chicos fueron penalizados por salir a limpiar paredes, y borrar un stencil.
Si, así como se lee. Pero no cualquier stencil. Se trataba de una pieza hecha en vía pública pero valuada en $7.400. ¿Por qué?, porque había sido hecha por Banksy, uno de los artistas más importantes e inspiradores del street art en el mundo. En Londres, los murales de Banksy son patrimonio. En Madrid lo mismo ocurre con Muelle. En NY con Haring. En México con Siqueiros.
Pero en su momento, a Banksy se lo persiguió. Y a Muelle, y a Haring y a Siqueiros. Y a éste último al punto de que cuando se quedó sin México para pintar, vino a la Argentina. Y de su encuentro con nuestros artistas surgió la gran movida que es hoy el stencil art. Y también pintó, escondido y con otros, su Ejercicio plástico, ese controvertido mural que este año el gobierno nacional decidió desenterrar (literalmente, estaba en un sótano), restaurar y poner en algún sitio más visible, considerándolo, camino al bicentenario, un emblema fundamental de la identidad.
Y así otra paradoja no tan lejana, es la que concluye con las recientes medidas, y que podría comenzar cuando el gobierno de la capital contrató a los más reconocidos artistas callejeros de la ciudad para que interviniesen las dos últimas estaciones de la línea A del subterráneo, en el llamado Bs As Underground, a cuyo progreso y conclusión del trabajo e inauguración de las obras los artistas fueron impedidos de hacer pública la invitación, en vistas de prever que lo artístico no opacase el tinte político que el evento no debía dejar de tener como fundamental.
Desde esto, sorprende la actitud de un sistema que con sus medidas puede llegar a apagar un fuego del que antes no dudó en sacar luz, ya sea para realzar sus propias obras, o encontrar símbolos de identidad.
Sin embargo, entender dicha acción es simple si se vuelve a la ya hecha separación del muro entre lo que es el arte, y lo que son las pintadas. La penalización es claramente en contra de lo que se puede esperar en tiempos de vigilia de elecciones: la ansiedad de los grupos de demostrarle a quien más se pueda si se está a favor o en contra. Ansiedad que no se conforma con ser idea, rebalsa de la boca, y se escapa por las manos hasta por fin hacerse tangible en los dedos, apretando una lata de aerosol.
Así el street art acaba siendo víctima de una batalla que no le pertenece.
(Aunque, opino, si esta medida reduce las posibilidades del arte desde la pintura, acabará siendo un estímulo al avance del ya existente -para ojos más atentos-, sticker art).
Por eso si hablamos, que sea de otra cosa. Que sea de qué son los murales, ante los que muchas veces manifestamos repulsión, pero porque antes existe una impotencia.
Porque el ojo, a la calle, sale a la defensiva, abrumado por la sobrecomunicación visual. Pero el arte callejero siempre se gana a la mirada por ser un guiño para el transeúnte. Porque de algún modo reconocemos que está “de nuestro lado”, si se divide el paisaje mural entre lo que es “del sistema” y lo que parte de la sociedad misma.
Y sin embargo, ese espacio en el que podemos encontrar reposo en medio de lo abrumante de la ciudad, nos es a la vez incomprensible. Porque la mente y la percepción tratan de acomodar lo que ven conceptual y visualmente, pero no siempre llegan a entender de qué se trata lo que tienen en frente.
Y allí surge la impotencia, ya que eso que tan mío me parece, a la vez me es intraducible, sordo. Porque no se le puede preguntar al muro qué está queriendo decir. No oye, y por tanto no contesta. Está ahí y listo.
Reconocida es la anécdota en la que unos alemanes, durante una exposición del Guernica, preguntaron a Picasso: ¿Esto lo hizo usted? A lo que él respondió: Esto lo hicieron ustedes.
Del mismo modo nos preguntamos por el autor de lo que vemos en los muros, olvidando que se trata de una expresión que está íntimamente ligada a nosotros mismos. El que pintó partió del mismo lugar en el que estamos parados. Eso que tenemos en frente es parte de la propia identidad.
“No hay historia en la Argentina, sólo hay graffitis en las paredes”, escribía el novelista V.S. Naipaul.
“Lo andan gritando, siempre que pueden, lo andan pintando, por las paredes…”, cantaba Serrat.
“Y usted, preguntará por qué pintamos”, enunciaba una vieja pintada-leyenda.
Y nosotros, qué respondemos.
Decir no, y quedarnos en el no entender, no es suficiente. Nada basta fuera de pararnos a ver, para comprender. Frente al muro y de espaldas a la ciudad, para ver la ciudad.
Los manifiestos murales no sólo muestran y expresan. Por sobre todo definen.
Son más que reflejos de la sociedad, porque son la sociedad autorretratada.
La ciudad relatándose a sí misma, o mostrándose como querría ser.
La eterna pregunta –quién soy-, dicha de otro modo: quién sos.








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