Con esta intuición que nos aporta Dostoievski sobre la importancia de la vida, comenzamos la entrevista a Rodrigo Guerra López que nos va a ayudar a profundizar esta intuición de Dostoievski en temáticas actuales de nuestra sociedad.
Rodrigo Guerra López
Leviatán: ¿Qué valor tiene el Hombre y su vida?
Rodrigo Guerra: existen muchos seres valiosos. Sin embargo, en el pensamiento occidental se ha acuñado una palabra para designar el valor de lo incondicionado, de lo que posee absolutez, de lo más elevado. Esa palabra es “dignidad”. En lenguaje más moderno podemos decir que el tipo de valor (dignidad) que posee cada ser humano (dignidad) nos obliga a tratarlo siempre como fin y nunca como mero medio. Esta expresión de cuño kantiano ha sido reinterpretada de manera ontológica en la bioética personalista. Toda persona es verdadero fin, y por ende, no es sacrificable por ningún motivo.
Leviatán: ¿Por qué cree que se ha desvalorizado el Hombre?
Rodrigo Guerra: la falta de valoración de la dignidad de la persona humana y de su vida se debe principalmente al predominio de la racionalidad instrumental, es decir, a ese modo de pensar que consiste en creer que la verdad se identifica con lo que funciona, con lo que es eficiente, con lo puramente pragmático. La racionalidad instrumental es propia del pensamiento marxista y de sus secuelas cuando afirman que en el cambio revolucionario se verifica la verdad. Pero también la racionalidad instrumental se encuentra en el corazón del pensamiento neoliberal que sostiene que el valor de una persona se mide sólo por sus resultados. Por ello, resulta sumamente urgente colaborar a la construcción de una racionalidad diversa, basada en la solidaridad y en la corresponsabilidad. Que esta racionalidad es posible lo muestran las solidaridades elementales, las pequeñas comunidades que construyen bien común avanzando más allá de la lógica del puro mercado, y, por supuesto, los grandes testimonios de entrega y de perdón que de cuando en cuando acontecen en nuestra historia.
A raíz de estas preguntas, continuamos inquiriendo sobre un tema muy popular en los jóvenes en particular y la sociedad en general:
Leviatán Cuando se discute el tema del aborto, ¿qué se discute realmente?
Rodrigo Guerra: siempre en este tema se discuten en el fondo dos cosas: por una parte, la dignidad y derechos de la mujer que vive un embarazo no deseado. Por otra, la dignidad y derechos de un ser humano recién concebido. Una perspectiva realmente personalista, es decir, capaz de afirmar la dignidad de ambos por igual, no puede optar por una bioética excluyente que privilegie a uno a costa de la vida del otro. La bioética por la que tenemos que luchar debe ser siempre incluyente. Precisamente por esto, el personalismo es pertinente como principio y fundamento en la construcción de una bioética rigurosa.
Leviatán: A su juicio, ¿qué circunstancias llevan a una mujer a querer abortar?
Rodrigo Guerra: existen muchas circunstancias que invitan a que una mujer considere el aborto como posibilidad en su vida. Sin embargo, creo que en el fondo una de las situaciones más recurrentes y más profundas que habitan al interior de toda historia en este tema es la soledad. Cuando una mujer se descubre con un embarazo no deseado pero acogida por un afecto, por una amistad sincera, por un amor verdadero, es difícil que pase por su mente la opción del aborto. No hablo aquí de cualquier relación de tipo emotivo sino de verdadera solidaridad, es decir, de corresponsabilidad con el destino del otro. Por ello, muchos de nosotros somos responsables de los abortos que se cometen en nuestras sociedades. Nuestra insolidaridad orilla a las mujeres a situaciones desesperadas en las que algunas veces el aborto aparece en el escenario. El deber de alguien comprometido con la dignidad de la persona es crear las condiciones para que nadie se descubra solo. En la compañía se pueden advertir, más allá de los discursos, las verdaderas evidencias por las que vale la pena afirmar la vida de todos.
Escrito por Pablo Sánchez ReyNoviembre - 26 - 2009
Comprendiendo el lenguaje que utilizaba Bob Marley en sus canciones, uno puede disfrutar de una música relajante, con la que puede estudiar, trabajar, pero… ¿es sólo una canción para relajarse y dejarse llevar por su dulce ritmo?, ¿o sus letras esconden algo más profundo?.
La gran mayoría de la población mundial conoce a Bob Marley como un drogadicto que se destacaba en lo malo, alguien que no respetaba las leyes, no le importaba su familia. Según estos pensamientos, Bob, solo sería un monstruo que hacía un tipo de apología de la marihuana y al libertinaje.
Pero lo que estos pensamientos no conocen ni saben es que Bob fue un hombre de fe, que ayudaba, con sus canciones, a las personas para relajarse y escucharse a sí mismos. Sus seguidores, todas las personas que lo escuchaban, veían en él una persona que encarnaba un ideal, el ideal de una visión atenta a la fe.
En los tiempos de hoy, la relación entre las personas y su fe es abismal, hasta se diría que hay una pérdida de esta relación, algo que trae graves consecuencias para la construcción del hombre mismo.
El hombre, si no tiene fe, no conoce la profundidad de los hechos, de las circunstancias que afronta, no está atento a las cosas excepcionales de la vida, se pierde lo más importante, lo más profundo que tiene cada acto que vive, que atraviesa. Si nosotros vivimos dejándonos llevar por la corriente del pensamiento moderno, un pensamiento donde no existe el interés sobre las cosas constitutivas del hombre y no se toman en serio los valores, sólo vamos a terminar en un drenaje de ignorancia, pasando por alto muchísimas cosas buenas e impactantes.
Ya se perdió el ver la belleza de la naturaleza, ver a los animales y maravillarse de sus comportamientos, se perdió esta visión abierta a todo, abierta a la belleza y búsqueda del “algo más”. Por este mismo motivo comparo el pensamiento de Bob Marley volcado en sus canciones con las canciones contemporáneas mayormente escuchadas (como el reggaeton), y veo que las letras del fallecido jamaiquino son mucho más enriquecedoras en esta visión atenta que hace falta ahora, se ve por ejemplo en una estrofa de la canción “Three Little Birds”, allí se muestra una relación entre el protagonista y su medio natural mostrando algo más allá de lo que se ve:
“El sol sale esta mañana,
sonríe con el sol naciente,
tres pequeños pájaros sentados,
cantando dulces canciones de melodías puras y verdaderas,
canta,este es mi mensaje para ti”.
También, en “Redemption Song”, Bob Marley muestra a un protagonista esclavo, que es vendido como tal, pero su fe en su Dios lo volvió fuerte para sobrellevar el tormento que vivía y lo único que llevaba consigo siempre eran canciones de libertad:
“Viejos piratas si me robaron,
me venderían a barcos mercantes,
minutos después que me tiraron, de lo más profundo del abismo,
pero mi mano se hizo fuerte, de la mano del Todopoderoso,
estamos adelante en esta generación, triunfantemente.
No te ayudarán a cantar, estas canciones de libertad,
todo lo que siempre he tenido, son canciones de redención”
Bob Marley no fue un cantante de mero ejemplo seguir, pero su corazón y su música fueron una prueba evidente de su búsqueda de fe y belleza.
Benjamín está con una camisa celeste. Responde a las preguntas de una periodista y mientras ella termina yo pienso en las cosas que quiero preguntarle. Me acuerdo que unos días atrás lo escuché lleno de sorpresa recitando sus poemas en la Feria del Libro, me acuerdo cómo hizo navegar a todo el público por su “Marea Humana”, y la forma en que palabra tras palabras parecía desenterrar algo de cada persona. Es que cómo el mismo me va a decir dentro de un rato, un poeta es un desenterrador de tesoros, y a pesar de que su obra es muy amplia y cuenta con la publicación de varias novelas, Benjamín Prado es ante todo un poeta. Escribiendo canciones solo o escribiéndolas con Joaquín Sabina, publicando periódicamente en el diario “El País”, haciendo prosa; y dentro de un rato me mostraría que también hablando. Me llaman porque ahora es mi turno y trato de olvidarme de que es uno de mis escritores favoritos porque no quiero tartamudear, tengo ganas de escucharlo. A eso vine, no a preguntarle cosas, a escucharlo.
Germán Gallo: Lo primero que publicaste fue el poemario Un caso sencillo cuando tenías casi 25 años.
¿Cómo fue el momento en que reconociste que la poesía que escribías merecía ser publicada? Benjamín Prado: Me equivoqué. Porque luego de publicarlo me di cuenta de que no lo merecía tanto. Entonces lo que hice con ese libro durante años -además de ir escondiéndolo en las librerías- es que cuando alguien iba a una feria del libro y me lo traía para que se lo firmara le decía: “damelo y te lo cambio por dos nuevos”. (risas).
Luego cuando publiqué una poesía completa, que se llama Ecuador (acaba de salir la reedición) lo reescribí todo, pero lo reescribí hasta el punto de que la mayoría de los poemas sólo tienen el título.
Uno tiene la sensación de que lo que escribe le interesa leerlo a alguien. Yo tuve mucha suerte, a los diecisiete años conocí a Alberti, me hice amigo de él.
De hecho hubo una vez que salieron al mismo tiempo un libro de Alberti, uno de Joaquín Sabina y uno mío, e íbamos los tres girando por ahí, así en una especie de lecturas muy divertidas.
Lo escribí y tuve la suerte de que alguien lo quisiera publicar. Y no lo sé, ya está ahora. (risas). GG: A fines del año pasado diste una clase magistral en Madrid referida principalmente a la poesía, y en un momento dijiste que la idea de un poema es que encuentre el misterio exacto de las cosas. ¿es posible que un poema encuentre eso o no vale la pena la búsqueda? BP: Lo que no vale la pena es no intentarlo. Yo creo que escribir es desenterrar un tesoro de algún sitio. Uno tiene que salir siempre con una pala en la mano. Para ocupar lugar hay muchos libros ¿Por qué no intentar escribir cosas que sean nuevas, que digan algo profundo? Por lo menos intentarlo.
Un escritor es muchas cosas, tiene que ser un inventor, tiene que ser un desenterrador, tiene que tener una cierta originalidad en lo que hace.
No me interesa realmente escribir por escribir. Podría hacerlo. Si me pongo a escribir poemas puedo escribir diez a lo mejor, en una mañana; pero prefiero escribir uno cada diez meses y que sea exactamente lo que yo quiero hacer. GG: ¿Cómo reconoce uno cuando eso que hizo, es exactamente lo que quería hacer? BP: Leyendo. Encontrar una metáfora buena es como meter un gol en el ángulo. Messi mete goles así, pero no los metería si de lunes a viernes no fuera al gimnasio y a entrenar. Yo creo que el ejercicio físico, la preparación del escritor, es la lectura; el gimnasio son los libros de los demás, allí es a donde vas a ponerte fuerte; y luego el campo de juego son tus escritos.
Pues, de esa manera. Entrenando, leyendo. Trabajando mucho.
Si no, uno se puede convertir en descubridor de mediterráneos como decimos en España. Y de pronto pensar que ha creado una maravilla y resulta que ya lo había hecho otro treinta años antes y tú no lo sabes porque no lo has leído.
GG: En la misma clase decís Contra todas las manipulaciones, invasiones, de la realidad en la vida de las personas, contra todas esas corrientes que no nos dejan nadar, que nos arrastran a todos por el camino de las mayorías políticas, de las mayorías económicas. La única manera de oponerse a ello es a través de la inteligencia y no creo que haya un camino hacia la inteligencia mejor que el camino que te ofrece la literatura, un camino mejor que te ofrece la poesía.
¿Qué es lo que hace que la literatura, y particularmente la poesía sea el mejor camino hacia la inteligencia? BP: Una de las cosas que he aprendido de Rafael (Alberti) es a tener fe en la importancia de la cultura, y de la poesía también. Pero dentro de la realidad, dentro de la sociedad.
Los libros no sirven sólo para entretener, o sea, está de puta madre que entretengan, si no me entretiene lo tiro por muy importante que sea lo que dice. Pero están para otras cosas también, por ejemplo para mejorar las cosas a su alrededor. Por lo menos para evitar que las cosas se escondan. La poeta Ingeborg Bachmann tiene un verso que me gusta mucho y dice que se escribe para no negar el dolor. Eso me parece fantástico. Lo tengo en cuenta siempre cuando escribo.
Claro que creo en la importancia civil, e incluso política si quieres de la literatura. Pero no se trata de escribir encima de una bandera ni de ponerle un carnet a los poemas, se trata de estar con los ojos abiertos y ver un poco lo que ocurre alrededor.
No es muy fácil escribir sobre la primavera, sobre alguien que te gusta, sobre, en fin, cosas agradables. Pero también hay que escribir sobre las otras. ¿Cómo no escribir en España un poema sobre la inmigración? Yo lo he hecho. ¿Cómo no escribirlo? Si hay tantas personas que están siendo explotadas, y hay una actitud tan fea, de gente que actúa ya con unos rasgos de xenofobia intolerables. Pues yo creo que sobre eso hay que escribir.
Escribir te proporciona un placer, pone un lujo al alcance de tu mano que es el lujo ser escuchado. Yo voy por ahí, por los sitios y soy el que se sienta “al otro lado del micrófono” y entonces me escuchan. Hay poca gente que te escucha en la vida. Tu eres muy joven, pero ya lo verás con el tiempo. Gente que te escuche, que oiga lo que dices, vas a encontrar poca. Gente que mientras hablas esté pensando en “a ver si te callas ya” porque están pensando en lo que ellos van a decir a continuación, vas a encontrar más. Entonces ¿Cómo desaprovechar el privilegio de ser escuchado? GG: Y en consonancia con este tipo de temas sociales, ¿cómo hace uno para distinguir si lo que está haciendo es literatura o discurso político? BP: Yo creo que hay que ser honrado. Decir las cosas que realmente uno piensa. pero también pensar las cosas que uno dice. Creo que uno tiene que argumentar. Que uno tiene que buscar razones, no emociones.
Yo de las emociones no me fío nada. A la hora de escribir no hay nada peor que las emociones, no hay nada peor que esos conceptos absurdos de la inspiración, del arrebato, la idea de que el poeta es más sentimental que las otras personas, eso no es así. Creo que a la hora de escribir hay que seguir un modelo parecido al que se sigue a la hora de enfadarse. Tu te enfadas con alguien, y si cuando estás muy enfadado te pones a discutir, realmente vas a decir cosas que no sientes, vas a gritar más de la cuenta, vas a pasarte de la raya seguramente. Es mejor dejar que se enfríe, largarte y volver al rato, si es una persona que te interesa. Volver al rato y entonces hablar con más calma. Creo que para escribir está bien pensar lo mismo. Cuando estás muy caliente, cuando estás muy agitado, cuando estás en una situación de emotividad muy grande, es mejor no escribir, es mejor dejarlo, irse a tomar una copa y volver al rato.
El poeta William Wordsworth , romántico ingles, decía que escribir es rehacer una emoción en calma. Y emoción está bien. Pero está muy bien rehacer, y está muy bien calma. Hay que tener en cuenta las tres patas de esa banqueta.
GG: Anteriormente hablabas de lo afortunado que fuiste al conocer a Alberti ¿Qué otras amistades con escritores tuviste? BP: Escritores amigos, miles. Yo he tenido suerte con eso. Porque fui muy amigo de Rafael (Alberti), fui amigo de Jaime Gil de Biedma, fui bastante amigo de Octavio Paz, fui muy amigo de Ángel González. Estrechísimo amigo. He tenido suerte porque conocí mucha gente.
Además, durante unos años me dediqué al periodismo aunque a mi sólo me importaba la poesía. Veía al periodismo como una autopista a la poesía, porque me permitía trabajar en un periódico y enviarme a mi mismo a Londres y entrevistar a Stephen Spender, y estar ahí en la casa donde estuvieron escritores de la talla de Auden, o Eliot.
El periodismo me ha permitido muchas cosas también desde el punto de otra poesía que me interesa mucho que es la poesía de la música, la poesía del rock. Pues gracias al él yo he podido entrevistar a Keith Richards un par de veces, a Paul McCartney, a Patti Smith, a Leonard Cohen.
Rafael siempre decía no hagas nada que te aleje de tu poesía, no escribas tonterías, no escribas cosas que te saquen, que te pongan el tren en otro carril, que te lleven para otra parte. Y eso nunca lo he olvidado y siempre que hago cosas las hago pensando que de alguna manera me pueden ayudar para un poema o para una novela o que están en el mismo camino. Eso de no cambiar el tren de carril me parece interesante. GG: ¿Cómo hacés para comenzar un nuevo poema? ¿De dónde partís? BP: Yo tengo que tener una idea. Tengo que saber –en un poema, en un relato, o en una novela- exactamente sobre qué quiero escribir. Tengo que saber por qué. Y tengo que saber qué le quiero hacer al que lea. Rehacer, acuérdate. Rehacer en el lector. Es como transplantarlo. Escribir es un acto de botánica casi. Es coger esa emoción de la que habla Wordsworth y plantarla en la cabeza o en el corazón del que lee. Que sienta eso.
Por eso no hay que escribir sobre personajes y cosas concretas. Por eso yo escribí Marea Humana, que habla sobre arquetipos.
Escribir un poema sobre si estoy triste o alegre creo que no tiene mayor interés. Lo que tiene interés es escribir un poema sobre la tristeza o sobre la alegría y conseguir que el que lee piense “Es verdad”. Ese es el mejor piropo. “Así es exactamente como me siento yo en tal caso” Ese es el trabajo de escribir.
La gente sabe que yo escribo para mi, antes preguntabas por qué había publicado. Pues si no hay unas tapas y una imprenta para publicar me parece de puta madre escribir para uno mismo, pero por la misma razón que a mi me gusta un fin de semana ir a jugar con los amigos al futbol un partidito. No voy a jugar en el Real Madrid, ya lo hice de hecho (le pregunto si es en serio y me dice que sí, hasta los juveniles). No voy a ganar la liga, y además ya se me ha pasado el arroz para eso, pero me divierto.
También así se puede escribir, no todo el mundo va a escribir desde el punto de vista “profesional”, pero a mi me parece importante darle una dignidad de trabajo, de empleo. Yo soy el empleado de mis libros de alguna manera.
Ahora, si vas a publicar, tomatelo en serio, no llenes las estanterías de libros absurdos que no merecen la pena, y si tienes la más mínima sospecha de que van a ser absurdos (silencio) sigue leyendo.
GG: Conversación en la isla es una de mis poemas favoritos. En uno de sus versos dice que “La poesía empieza cuando ya has olvidado qué es lo que te asustaba pero aún tienes miedo” ¿Estás de acuerdo con lo que dice este personaje con el que hablás en primera persona? BP: Claro, es como te mencionaba anteriormente.
No son cosas concretas, no es algo concreto. No es que uno tenga que escribir un poema sobre un torturador, sino sobre la tortura. No sobre un tipo que está solo, sino sobre la soledad en general.
Creo que esa es la tierra donde crecen los poemas. En la otra no, en las otras crecen las conversaciones, los debates, las opiniones tajantes. La poesía siempre tiene que salir de la reflexión. No puede salir de la emoción sino de la reflexión. Pero una reflexión que tenga sentimiento, por eso dice cuando aún tienes miedo. Que podría ser cuando aún estás alegre, o de cualquier forma, pero cuando tienes el aroma.
Yo creo que es muy importante en los libros, y para escribir libros, saber cuál es el aroma de las cosas. Más que las cosas concretas.
Ayer estuve dando una vuelta aquí en barco por el Tigre y pensé Sería lindo escribir un relato sobre esto. Pero no tanto sobre “esa casa” o “este río Sarmiento” en concreto. Sino sobre la sensación, de lo que puede ser estar aquí. No sé, algo así.
De ahí han salido muchos escritores.. GG: Entonces vos estás todo el tiempo “a la caza” de los poemas o lo que vayas a escribir. BP: Así es, y es una putada (risas). Está uno todo el tiempo a ver qué pesca. Por eso me gusta mucho el fútbol . Estoy ahí 90 minutos en los que no digo nada ni siquiera medianamente inteligente, pura diversión.
En el fútbol desde el minuto uno, en los bares desde la tercera copa. (risas)
GG: ¿Cómo podrías definir con un verso lo que sea que te resulte más importante en el mundo? BP: Puf. Esa es una pregunta muy difícil, porque hay muchos versos que se podrían decir. Yo siempre digo que la frase más hermosa que se ha inventado en la humanidad la dijo Voltaire: Me repugnan sus ideas, pero daré mi vida por defender su derecho a expresarlas. Creo que esa idea está bien tenerla siempre a la hora de escribir.
Una de las mayores cosas que se puede conseguir en un poema o en una novela es poner un radar dentro que capte todo lo que pasa, todo lo que se acerca, todo lo que hay. Que la ficción consiga expresar todos los extremos de la realidad. No sólo el que a ti te interesa. Por eso pasa a veces que hay una literatura corta, mucho menos ambigua que la propia realidad…
Pero no sé, un sólo verso sería muy difícil.
“La ciudad era esta incertidumbre
la eterna pregunta -quién soy-
dicho de otro modo: quién sos.”
Cristina Peri Rossi
Retomando un poco algunos hechos transcurridos en éste año, se puede ver cómo hace unos meses, La Cámara dictó penalizar a quien se encontrase pintando paredes con aerosol. Hecho que nos puso a opinar a todos, como cada vez que algo que siempre está ahí se pone en evidencia.
Llama la atención un hecho que se contrapuso y también fue noticia por esos tiempos: En Londres, dos chicos fueron penalizados por salir a limpiar paredes, y borrar un stencil.
Si, así como se lee. Pero no cualquier stencil. Se trataba de una pieza hecha en vía pública pero valuada en $7.400. ¿Por qué?, porque había sido hecha por Banksy, uno de los artistas más importantes e inspiradores del street art en el mundo. En Londres, los murales de Banksy son patrimonio. En Madrid lo mismo ocurre con Muelle. En NY con Haring. En México con Siqueiros. Pero en su momento, a Banksy se lo persiguió. Y a Muelle, y a Haring y a Siqueiros. Y a éste último al punto de que cuando se quedó sin México para pintar, vino a la Argentina. Y de su encuentro con nuestros artistas surgió la gran movida que es hoy el stencil art. Y también pintó, escondido y con otros, su Ejercicio plástico, ese controvertido mural que este año el gobierno nacional decidió desenterrar (literalmente, estaba en un sótano), restaurar y poner en algún sitio más visible, considerándolo, camino al bicentenario, un emblema fundamental de la identidad.
Y así otra paradoja no tan lejana, es la que concluye con las recientes medidas, y que podría comenzar cuando el gobierno de la capital contrató a los más reconocidos artistas callejeros de la ciudad para que interviniesen las dos últimas estaciones de la línea A del subterráneo, en el llamado Bs As Underground, a cuyo progreso y conclusión del trabajo e inauguración de las obras los artistas fueron impedidos de hacer pública la invitación, en vistas de prever que lo artístico no opacase el tinte político que el evento no debía dejar de tener como fundamental.
Desde esto, sorprende la actitud de un sistema que con sus medidas puede llegar a apagar un fuego del que antes no dudó en sacar luz, ya sea para realzar sus propias obras, o encontrar símbolos de identidad.
Sin embargo, entender dicha acción es simple si se vuelve a la ya hecha separación del muro entre lo que es el arte, y lo que son las pintadas. La penalización es claramente en contra de lo que se puede esperar en tiempos de vigilia de elecciones: la ansiedad de los grupos de demostrarle a quien más se pueda si se está a favor o en contra. Ansiedad que no se conforma con ser idea, rebalsa de la boca, y se escapa por las manos hasta por fin hacerse tangible en los dedos, apretando una lata de aerosol.
Así el street art acaba siendo víctima de una batalla que no le pertenece.
(Aunque, opino, si esta medida reduce las posibilidades del arte desde la pintura, acabará siendo un estímulo al avance del ya existente -para ojos más atentos-, sticker art). Por eso si hablamos, que sea de otra cosa. Que sea de qué son los murales, ante los que muchas veces manifestamos repulsión, pero porque antes existe una impotencia.
Porque el ojo, a la calle, sale a la defensiva, abrumado por la sobrecomunicación visual. Pero el arte callejero siempre se gana a la mirada por ser un guiño para el transeúnte. Porque de algún modo reconocemos que está “de nuestro lado”, si se divide el paisaje mural entre lo que es “del sistema” y lo que parte de la sociedad misma.
Y sin embargo, ese espacio en el que podemos encontrar reposo en medio de lo abrumante de la ciudad, nos es a la vez incomprensible. Porque la mente y la percepción tratan de acomodar lo que ven conceptual y visualmente, pero no siempre llegan a entender de qué se trata lo que tienen en frente.
Y allí surge la impotencia, ya que eso que tan mío me parece, a la vez me es intraducible, sordo. Porque no se le puede preguntar al muro qué está queriendo decir. No oye, y por tanto no contesta. Está ahí y listo.
Reconocida es la anécdota en la que unos alemanes, durante una exposición del Guernica, preguntaron a Picasso: ¿Esto lo hizo usted? A lo que él respondió: Esto lo hicieron ustedes.
Del mismo modo nos preguntamos por el autor de lo que vemos en los muros, olvidando que se trata de una expresión que está íntimamente ligada a nosotros mismos. El que pintó partió del mismo lugar en el que estamos parados. Eso que tenemos en frente es parte de la propia identidad.
“No hay historia en la Argentina, sólo hay graffitis en las paredes”, escribía el novelista V.S. Naipaul.
“Lo andan gritando, siempre que pueden, lo andan pintando, por las paredes…”, cantaba Serrat.
“Y usted, preguntará por qué pintamos”, enunciaba una vieja pintada-leyenda.
Y nosotros, qué respondemos.
Decir no, y quedarnos en el no entender, no es suficiente. Nada basta fuera de pararnos a ver, para comprender. Frente al muro y de espaldas a la ciudad, para ver la ciudad.
Los manifiestos murales no sólo muestran y expresan. Por sobre todo definen.
Son más que reflejos de la sociedad, porque son la sociedad autorretratada.
La ciudad relatándose a sí misma, o mostrándose como querría ser.
La eterna pregunta –quién soy-, dicha de otro modo: quién sos.
Pandora fue la primera mujer (llena de virtudes) creada por Zeus. Éste, se la entregó a Epimeteo que se quedó enamorado de ella y la tomó como esposa sin escuchar a Proeteo, su hermano, quien le previno sobre aceptar los regalos del dios del trueno. Hermes le entregó a Pandora una caja que no debía abrir nunca, pero ella, curiosa, la abrió, dejando escapar todas las desgracias humanas y cuando quiso tapar la caja, sólo quedó… la esperanza
Pandora
Este año 2009 arrancó plagado de dudas e interrogantes. El mundo afrontó la primera Gran Crisis del siglo. Y aunque los medios ya no tratan el tema como hace unos meses, los países del “primer mundo” siguen a la expectativa. Las empresas más importantes del mundo (Ford, Chrysler y General Motors, en el campo automotriz, e IBM, Sony, HP y Microsoft en tecnología) han realizado miles de despidos. En nuestro país empresas como Arcor y Renault encabezan las suspensiones, una medida que no aumentó la tasa de desocupados, para la tranquilidad del gobierno, pero sí el temor entre los trabajadores. La producción automotriz bajó, sólo en Capital Federal, un 54% y la actividad inmobiliaria un 31,4%.
Pero que los numeritos de las bolsas del mundo hayan caído estrepitosamente, se debe a la especulación que plantean quienes manejan estos asuntos; y no a que el mundo haya estado literalmente en llamas. Pero si la crisis no fue meramente financiera, entonces, ¿de qué fue? Me atrevo a afirmar que es de carácter sociocultural, y que no es repentina, ni nacida de un repollo, sino que viene creciendo desde hace años con el individualismo que muestra el mundo hoy en día.
Pese a la extrema “importancia” que le dieron los medios, es elemental tener en claro que ninguna crisis nos determina. Enfrentar una crisis no significa el fin del mundo. Creer que el primer problema grande al que nos enfrentamos, nos va a dejar sin alternativa, es un gravísimo error.
El diccionario nos acerca a la magnitud de la palabra Crisis: Situación de un asunto o proceso cuando está en duda la continuación, modificación o cese. Momento decisivo de un negocio grave y de consecuencias importantes. Situación dificultosa o complicada. Claramente, la palabra Crisis denota cambio, un problema a superar.
Las crisis, son situaciones que las personas afrontamos a diario de diferentes formas, según nuestra forma de ser, pensar o actuar. Algunos reaccionan con miedo y temor, otros en cambio, quedan a la expectativa. Hay quienes se acercan a la fe, y quienes se acercan a la razón, (siendo una o la otra) como si estos campos fuesen enemigos mortales, los cuales no se toleran el uno al otro. Pero aquellos más peligrosos son los “extremistas” del pesimismo, quienes aseguran que vamos a la autodestrucción, que la humanidad no tiene salvación, que ya sea Dios, la naturaleza o el destino, nos castiga con desastres naturales, enfermedades, hambruna y demás formas de “venganza divina”. El problema es que están tan bien fundamentadas sus objeciones que tal vez… tengan razón. Hay motivos suficientes como para creerlo y aceptar este veredicto que se nos impuso. Sólo basta abrir un diario, ver la televisión o salir a la calle para darnos cuenta que estamos en un mundo lleno guerras, desigualdad, hambre, pobreza y miseria, injusticia, egoísmo, egocentrismo, corrupción, tristeza, maldad, codicia, gula, vicios, adicciones, y demás males que afrontamos todos, absolutamente todos los seres humanos. Pero la gran pregunta ante estos males es: ¿Realmente ya no queda esperanza? ¿Ya no hay salvación alguna? ¿No hay nada que hacer? ¿Nada por lo que luchar? Yo creo que todavía hay cosas por las que seguir adelante. Somos todos nosotros, quienes necesitamos aferrarnos a aquello que nos hace bien, lo que nos acerca a la paz, la felicidad y el equilibrio con nosotros mismos. Necesitamos, casi con urgencia, algo que nos aleje de esta especie de “pesimismo colectivo” que quiere jugar con nosotros y decirnos que ya no hay esperanza, ni nada por lo que luchar, que todo está perdido y nosotros condenados. El creer es necesario. Creer en nosotros y en los demás. Los ideales no deben morir, deben renacer. La familia, los amigos, los logros, el saber y la historia, nuestros valores, los lindos momentos, la verdad, la moral, la humildad, la ética, la solidaridad, la bondad, los sueños y el amor. Todavía hay cosas ahí. Acá. Cosas por las que tenemos que seguir adelante. Todos son cables a tierra que nos ayudan a pasar los malos momentos, sean cuales sean. Las personas que consideramos “ícono” en nuestra vida, quienes como un faro en medio de la noche, alumbran un camino y nos dan una guía de a dónde ir o cómo seguir. Esas son cosas a resaltar en tiempos de crisis, cosas por las cuales las crisis no son eternas y pueden (y deben) ser combatidas.
Entonces, la decisión es nuestra. Ante un hecho determinado podemos elegir: vendarnos los ojos (evitando la realidad y esta crisis), quedarnos mirando (sin hacer nada al respecto), o romper los cánones establecidos y hacerle frente a la situación, buscando soluciones y respuestas para seguir adelante. Todos pasamos y pasaremos por crisis, individuales o colectivas, más largas o más cortas, más grandes o más chicas, pero para eso está la esperanza, para recordarnos que es posible. Que se puede seguir. Que no tenemos que conformarnos. Que hay que pelear. Es por esto que tenemos que agradecerle a Pandora, ya que resguardó aquello que frente a lo imposible se hace infinito y nunca muere. Aquel último tesoro. La esperanza.
Escrito por Maximiliano Bazze GötteNoviembre - 26 - 2009
Diciembre de 2008. En el colegio Nuestra Señora de Luján se realizaba una cena a beneficio de una escuela de oficios para jóvenes con distintos grados de discapacidad mental: “Elsa Ovando”, de la ciudad de Villaguay, Entre Ríos. Mis amigos iban y venían tratando de cumplir su función de camareros. De vez en cuando los ayudaba, pero me escapaba para ver la presentación. En los videos que se proyectaban se hablaba de venta de salsas y dulces y una panadería que competía a nivel local con la más antigua de la ciudad. No era exactamente lo que hubiese esperado escuchar. Me imaginaba que realizaban tarjetas festivas y que con eso trataban de mantener ocupados a los alumnos. En lugar de eso, desarrollaban diversos micro-emprendimientos que competían con otros en su rama. Fue por ello que me acerqué a Sandra, una de las fundadoras, para comentarle que estaba interesado en conocer la escuela. Intercambiamos e-mails y tres meses más tarde me encontraba rumbo a la ciudad entrerriana.
Cuando iba por la ruta, no pude evitar sentir el deseo de arribar a un lugar donde viviera algo inolvidable. Mi predisposición era esa. En Villaguay, entre mates y charla, me quedó grabado algo que me respondió Jesús, un alumno que trabaja en la panadería, a partir de la pregunta” ¿Encontrás alguna diferencia entre esta escuela y las otras, o son todas iguales?”. “Acá me tratan como si fuera una persona-enfatizó-. Me enseñan a manejarme solo, a andar por la ciudad. En las otras nos hacían cruzar a todos juntos agarrados de las manos. Y eso es importante, porque yo sé que necesito aprender a no depender siempre de otro. Es un lugar donde me siento más libre”.
Desde 1996 la escuela “Elsa Ovando” enseña diversos oficios a los jóvenes. Por aquellos años había un gran número de alumnos que, al egresar de las escuelas especiales, no tenían un lugar donde seguir desarrollándose, por lo que se quedaban en sus hogares o en la calle. De ahí surgió la idea de crear un nuevo espacio que los acogiera.
Los alumnos ingresan a los catorce años y egresan a los veintidós. Un día de clases comienza a las 8. Se iza la bandera, se reza el Ángelus y toman el desayuno. El comienzo de las actividades está dedicado al aprendizaje de lengua, matemáticas, ciencias sociales y ciencias naturales. En algunos casos se pretende el incentivo de este tipo de aprendizaje y en otros, se busca reforzarlo.
La institución cuenta con varios tipos de talleres. En el Taller de Actividades Ocupacionales, se enseña gastronomía, panadería, elaboración de dulces, y empaquetamiento. También están los Talleres Artísticos, donde se enseña educación física, teatro, folclore, danzas rítmicas, y música. En el seno de estas actividades culturales, nace la propuesta de un profesor de folclore de mostrar a la población del lugar lo que los chicos lograban. Fue por eso que se organizó el primer encuentro cultural, a nivel local. Al año siguiente continuó haciéndose, pero a nivel provincial. Ya en 2007 se realizó a nivel nacional, donde se sumaron escuelas de Córdoba, Chaco y Santa Fe. Finalmente, la escuela cuenta con los Talleres de Producción, donde se pone en práctica lo aprendido en el Taller de Actividades Ocupacionales. Dado que el alumno ya sabe el oficio, se le exige una determinada cantidad de producción y calidad en la misma, porque hay personas que lo van a consumir. Además, por su labor a cada uno que trabaja se lo retribuye con un monto de dinero, que es mínimo, pero cuyo fin es el de proporcionar una salida laboral.
Tras la charla con Jesús había quedado sorprendido. Si uno habla con algunos chicos, son personas totalmente comunes y corrientes. Le pregunté a Sandra si los alumnos sabían que tenían algunas capacidades reducidas, si tomaban conciencia de que no podían hacer ciertas cosas. Me contestó que hablaban sobre el tema. “Algunos lo entienden y otros a veces se enojan”. Pero que siempre les resaltan que a pesar de eso, tienen que aprender a realizarse, a concebirse como una persona.
Permanecí en Villaguay un día y medio. Poco tiempo para llegar a conocer a una persona en su totalidad. Pero sí pude ver en ellos ciertos rasgos destacables: el compañerismo al trabajar, el aprecio del uno por el otro, el querer superar sus propias metas y límites, no esperar lástima del otro, por el contrario, ofrecerle algo que necesite, como pan o dulce, y contemplar como donde no había nada, un grupo de personas decidieron crear un espacio donde el que asista encuentre un lugar, su lugar. Hubiese querido permanecer allí más tiempo, vivir en carne propia todo lo que esta gente vive, ser actor principal y no un relator. Sentir el sueño a las cuatro de la mañana, cuando algunos gallos, comienzan a afinar su canto. Y sentir el regocijo del olor del pan, las bicicletas que salen cargadas rumbo a sus respectivas metas, y el mate amigo que se comparte, festejo sencillo y alegre, en honor al objetivo alcanzado. De igual manera, mi deseo se había cumplido.
En “1984” George Orwell cuenta la historia de un régimen totalitario que a través de una atenta mirada a los sistemas similares ya acontecidos como el nazismo o el socialismo y a los errores que llevaron a éstos a su fin, dice encontrar la manera de evitar la pérdida del poder perpetuando así para siempre el dominio del famoso “Partido” . Criticando la debilidad de los sistemas que buscaron sostener su poderío a través de mentiras camufladas con vestigios de humanismo y justicia social, el Partido se consagra bajo los lemas de “Guerra es Paz”, “Libertad es Esclavitud” e “Ignorancia es Fuerza” y domina desde la vieja pero necesaria figura del líder el cual a diferencia del Fürher o el Duce, nunca ha sido visto y se conoce como “Gran Hermano”. El mismo, inspirador del nuevo “opio de los pueblos” (base literaria del reality show internacionalmente conocido como “Gran Hermano” o “Big Brother”), se manifiesta a sus seguidores a través de pantallas que se ubican en las calles, lugares públicos y casas privadas, desde donde da a conocer sus órdenes y vigila no sólo que éstas sean cumplidas, sino también que se sean acatadas de buen grado y con la gratitud que la magnitud del “Big Brother” se merece. De ésta manera, el partido no sólo dispone controlar de las acciones de sus sometidos sino también del pensamiento. Para ello cuenta específicamente con lo que hoy sería una fuerza de choque (si bien en el libro esta es legal porque las leyes no existen) llamada la Policía del Pensamiento, la cual se encarga concretamente de seguir y arrestar a los criminales del pensamiento, quienes son desaparecidos durante las noches y borrados de la historia. A su vez, el Partido cuenta con otra herramienta fundamental que es el desarrollo del “neo-lenguaje” el cual consiste en la reducción progresiva del lenguaje hasta el punto de alcanzar una lengua que no permita poder desarrollar un pensamiento verdadero, mucho menos revolucionario.
En este desesperante contexto, Wiston, el personaje principal del libro, se anima a dar el paso y lanzar el desafío de mirar a lo más hondo que el hombre tiene a fin de reconocer que la circunstancia no se constituye como algo determinante (ver cita en español):
“He thought of the telescreen with its never-sleeping ear. They could spy upon you night and day, but if you kept your head you could still outwit them. With all their cleverness they had never mastered the secret of finding out what another human being was thinking. Perhaps that was less true when you were actually in their hands. One did not know what happened inside the Ministry of Love, but it was possible to guess: tortures, drugs, delicate instruments that registered your nervous reactions, gradual wearing-down by sleeplessness and solitude and persistent questioning. Facts, at any rate, could not be kept hidden. They could be tracked down by enquiry, they could be squeezed out of you by torture. But if the object was not to stay alive but to stay human, what difference did it ultimately make? They could not alter your feelings: for that matter you could not alter them yourself, even if you wanted to. They could lay bare in the utmost detail everything that you had done or said or thought; but the inner heart, whose workings were mysterious even to yourself, remained impregnable.”
Sin embargo existe un factor que sí es determinante y que Wiston olvida en ésta apreciación, factor que sólo logra reconocer cuando ya es tarde, cuando su libertad y las hojas de Orwell se terminan. Y es el factor tal vez más dramático por ser aquel que existe fuera de las posibilidades de uno: el otro. Es sólo cuando Wiston pierde al otro (encarnado en la figura de Julia, persona con la que sostiene una relación de noviazgo en la que realmente puede ser él mismo, a través de la cual puede ser más hombre), que pierde aquel pilar en el que se sostiene “el fondo de su corazón.” Un corazón misterioso incluso para su dueño…
George Orwell
Y pensó en la telepantalla, que nunca dormía, que nunca se distraía ni dejaba de oír. Podían espiarle a uno día y noche, pero no perdiendo la cabeza era posible burlarlos. Con toda su habilidad, nunca habían logrado encontrar el procedimiento de saber lo que pensaba otro ser humano. Quizás esto fuera menos cierto cuando le tenían a uno en sus manos. No se sabía lo que pasaba dentro del Ministerio del Amor, pero era fácil figurárselo: torturas, drogas, delicados instrumentos que registraban las reacciones nerviosas, agotamiento progresivo por la falta de sueño, por la soledad y los interrogatorios implacables y persistentes. Los hechos no podían ser ocultados, se los exprimían a uno con la tortura o les seguían la pista con los interrogatorios. Pero si la finalidad que uno se proponía no era salvar la vida sino haber sido humanos hasta el final, ¿qué importaba todo aquello? Los sentimientos no podían cambiarlos; es más, ni uno mismo podría suprimirlos. Sin duda, podrían saber hasta el más pequeño detalle de todo lo que uno hubiera hecho, dicho o pensado; pero el fondo del corazón, cuyo contenido era un misterio incluso para su dueño, se mantendría siempre inexpugnable.
“No hay un instante que no esté cargado como un arma” Escribía Borges. Con la revista Leviatán, pretendemos decir que no hay ni una sóla palabra, ni una sóla circunstancia, y ni un sólo instante en la vida; que si se lo busca con profundidad, esté cargado con Verdad. O con preguntas. Al fin y al cabo, cada pregunta verdadera, implica una Verdad; y no existe Verdad alguna que no nos genere preguntas.
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