Las palabras de una poesía profunda, directa, chocante, e inmensurablemente febril dentro del alma, pueden encontrarse en su equilibrio perfecto tras la mirada -hoy ausente- del poeta español Ángel González. Ya que con total valentía de su parte tocó todos los temas que muerde la realidad del hombre: el amor, la muerte, la soledad, la desesperación, la pasión, la verdad e incluso la política. Es que la dureza que le presentó la vida a los 19 años de edad, dejándolo internado en una cama de hospital con tuberculosis, fue lo mismo que lo llevó a que a lo largo de su crecimiento comenzara a figurar con versos aquello que de otra forma no puede decirse.
“Me duele sólo el alma / nada grave” escribiría pocos meses antes de morir en el presente año, en una serie de poemas que el jamás quiso publicar, y que sin embargo hoy podemos leer. Lo asombroso no es la forma en la que el poeta supera los escalones, muros y adversidades que se le cruzan en el camino: muertes de seres amados, enfermedades e injusticias, sino que ante todo esto, él siempre encontró reposo y alivio en las palabras. Las tomó como si cada una de las letras que escribía con toda la sinceridad posible le regalaran un segundo más de vida, con la fidelidad poética de un hombre a una mujer (“…y los ojos, qué importa que no sean estos ojos, te seguirán a donde vayas, fieles”).
Estamos acostumbrados a evitar situaciones incómodas, a desviar la mirada hacia el lugar en que haya un poco más de luz-pero tampoco demasiada-sino la justa para que nuestros ojos no se sientan sobrecargados ni necesitados. El camino fácil, casi sin curvas, ni subidas, ni bajadas: el llano. Es cierto que disfrutamos por ejemplo de ver un amanecer en la orilla del mar, pero en la mayoría de casos nos sentimos ajenos a esto como si fuésemos meros espectadores de un show cósmico y no protagonistas de un momento exclusivo y único, de un segundo que puede perdurar eternamente como lo hacen las palabras en las manos de González.
La mayor dificultad es levantarse, dar el primer paso y tomar el impulso. Muchas veces, resultando casi irónico, los golpes más fuertes y dolorosos son los que otorgan este impulso. Esos que nos hacen creer que el mundo está terminado (“Esperanza, araña negra del atardecer…”) y que ya no se puede nada más. Siempre depende de nosotros, quedarnos sentados, llenos de moretones, y dormidos tras tantos golpes. Es total y absoluta culpa nuestra, la queja sin sentido es la más frecuente y baja actitud que tenemos los seres humanos. Pero en cada una de las personas hay algo que lo cautiva, siempre y cuando esté dispuesto a verlo (muchos prefieren conformarse con la ceguera), hay ciertas cosas frente a las cuales no pueden quedar pasivos. Ángel González lo encontró en las palabras y mediante su poesía dejó un legado del cual podemos tomar mucho para no quedarnos pasivos nosotros.










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