Ya sabrás cuántas palabras tiene el mundo,
cuántas noches, cuántos días, y cuántos círculos
Sabrás de las estrellas. Sabrás de qué están hechas
y descubrirás que no difieren de tu hierro,
ni del hierro de los clavos de Cristo.
Tú sabrás –yo supongo- que el hierro por lo tanto, duele. Pero sabrás para qué duele.
Y sabrás por qué muere el niño que con inocencia, toma una granada entre sus manos creyendo que es un juguete.
Sabrás el verdadero sabor de las cosas.
Y sabrás con qué sueñan, ahí, a tu lado, aquellos repetidos amantes de Verona.
Sabrás a dónde va la luz de la mañana cuando la sombra se dilata. Sabrás si la luz ennoblece a la sombra, o la sombra entorpece a la luz. Sabrás si son o no lo mismo.
Sabrás que no existe el tiempo, y qué todos los instantes son el mismo, como pequeños eslabones de una inagotable cadena –curiosamente, también de hierro-.
Conocerás el canto de las sirenas sin temblar. Entenderás cuánto lastima aquí ese silencio suyo, que merodea constantemente, y del que un alemán tan fervientemente habló.
Conocerás el nombre de cada flor. Distinguirás su perfume, y sabrás que el perfume de una rosa es distinto al de otra rosa.
Sabrás si todo esto es cierto. O no lo sabrás jamás.
Tendrás la certeza. O no la tendrás nunca.
Yo, desde aquí, separado de ti por seis pies de tierra, sólo tengo la certeza del hierro. Hierro que tu sabrás quién forja, unos cuantos pies de cielo por sobre mi.
Y sabrás tú, si a Él también le gusta escribir.









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